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¿Fue como beso o llanto? ¿Nos hallamos con las manos, buscándonos a tientas, con los gritos, clamando, con las bocas que el vacío besaban? ¿Fue un choque de materia y materia, combate de pecho contra pecho, que a fuerza de contactos se convirtió en victoria gozosa de los dos, en prodigioso pacto de tu ser con mi ser enteros? ¿O tan sencillo fue, tan sin esfuerzo, como una luz que se encuentra con otra luz, y queda iluminado el mundo, sin que nada se toque?
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Poeta
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¡Ay qué tarde organizada en surtidor y palmera, en cristal recto, desmayo en palma curva, querencia!
Dos líneas se me echan encima a campanillazos paralelas del tranvía. Pero yo quiero a esas otras que se van sin llevarme por el cielo: telégrafo, nubes blancas, y -compás de los horizontes- el pico de las cigüeñas.
¡Qué perfecto lo redondo verde, azul! ¡Ay, si se suelta! Lo tiene un niño de un hilo. ¡Quieto, aire del sur, aire aire! La pura geometría, dime, ¿quién se la quita a la tarde?
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Poeta
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No me fío de la rosa de papel, tantas veces que la hice yo con mis manos. Ni me fío de la otra rosa verdadera, hija del sol y sazón, la prometida del viento. De ti que nunca te hice, de ti que nunca te hicieron, de ti me fío, redondo seguro azar.
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Poeta
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En vez de soñar, contar.
La fachada del oeste tiene seiscientas doce ventanas.
Por la primavera van en su cielo, hacia el domingo una, dos, tres, cuatro, cinco nubes blancas.
Yo te quiero a ti, y a ti y a ti. A tres os quiero yo. A las doce el tiempo da doce campanadas.
Y ya no podrá escapárseme en las volandas del sueño la mañana. Haré la raya para ir sumando: seiscientas doce, más cinco, más tres, más doce. ¡Qué felicidad igual a seiscientas treinta y dos! En abril, al mediodía cuenta clara.
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Poeta
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El sueño es una larga despedida de ti. ¡Qué gran vida contigo, en pie, alerta en el sueño! ¡Dormir el mundo, el sol, las hormigas, las horas, todo, todo dormido, en el sueño que duermo!
Menos tú, tú la única, viva, sobrevivida, en el sueño que sueño. Pero sí, despedida: voy a dejarte cerca, la mañana prepara toda su precisión de rayos y de risas. Afuera, afuera, ya, lo soñado flotante, marchando sobre el mundo, sin poderlo pisar, porque no tiene sitio, desesperadamente.
Te abrazo por vez última: eso es abrir los ojos. Ya está. Las verticales entran a trabajar, sin un desmayo, en reglas. Los colores ejercen sus oficios de azul, de rosa, verde, todos a la hora en punto. El mundo va a funcionar hoy bien; me ha matado ya el sueño. Te siento huir, ligera, de la aurora, exactísima, hacia arriba, buscando la que no se ve estrella, el desorden celeste, que es sólo donde cabes. Luego, cuando despierto, no te conozco casi, cuando, a mi lado, tiendes los brazos hacia mí diciendo: "¿Qué soñaste?". Y te contestaría: "No sé, se me ha olvidado", si no estuviera ya tu cuerpo limpio, exacto, ofreciéndome en labios el gran error del día.
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Poeta
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El alma tenías tan clara y abierta, que yo nunca pude entrarme en tu alma. Busqué los atajos angostos, los pasos altos y difíciles... A tu alma se iba por caminos anchos. Preparé alta escala -soñaba altos muros guardándote el alma-, pero el alma tuya estaba sin guarda de tapial ni cerca. Te busqué la puerta estrecha del alma, pero no tenía, de franca que era, entrada tu alma. ¿En dónde empezaba? ¿acababa, en dónde? Me quedé por siempre sentado en las vagas lindes de tu alma.
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Poeta
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Dame tu libertad. No quiero tu fatiga, no, ni tus hojas secas, tu sueño, ojos cerrados. Ven a mí desde ti, no desde tu cansancio de ti. Quiero sentirla. Tu libertad me trae, igual que un viento universal, un olor de maderas remotas de tus muebles, una bandada de visiones que tú veías cuando en el colmo de tu libertad cerrabas ya los ojos. ¡Qué hermosa tú libre y en pie! Si tú me das tu libertad me das tus años blancos, limpios y agudos como dientes, me das el tiempo en que tú la gozabas. Quiero sentirla como siente el agua del puerto, pensativa, en las quillas inmóviles el alta mar. La turbulencia sacra. Sentirla, vuelo parado, igual que en sosegado soto siente la rama donde el ave se posa, el ardor de volar, la lucha terca contra las dimensiones en azul. Descánsala hoy en mí: la gozaré con un temblor de hoja en que se paran gotas del cielo al suelo. La quiero para soltarla, solamente. No tengo cárcel para ti en mi ser. Tu libertad te guarda para mí. La soltaré otra vez, y por el cielo, por el mar, por el tiempo, veré cómo se marcha hacia su sino. Si su sino soy yo, te está esperando.
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Poeta
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¡Cuánto sabe la flor! Sabe ser blanca cuando es jazmín, morada cuando es lirio. Sabe abrir el capullo sin reservar dulzuras para ella, a la mirada o a la abeja. Permite sonriendo que con su alma se haga miel.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe dejarse coger por ti, para que tú la lleves, ascendida, en tu pecho alguna noche. Sabe fingir, cuando al siguiente día la separas de ti, que no es la pena por tu abandono lo que la marchita.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe el silencio; y teniendo unos labios tan hermosos sabe callar el "¡ay!" y el "no", e ignora la negativa y el sollozo.
¡Cuánto sabe la flor! Sabe entregarse, dar, dar todo lo suyo al que la quiere, sin pedir más que eso: que la quiera. Sabe, sencillamente sabe, amor.
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Poeta
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Cuando tú me elegiste -el amor eligió- salí del gran anónimo de todos, de la nada. Hasta entonces nunca era yo más alto que las sierras del mundo. Nunca bajé más hondo de las profundidades máximas señaladas en las cartas marinas. Y mi alegría estaba triste, como lo están esos relojes chicos, sin brazo en que ceñirse y sin cuerda, parados. Pero al decirme: “tú” a mí, sí, a mí, entre todos-, más alto ya que estrellas o corales estuve. Y mi gozo se echó a rodar, prendido a tu ser, en tu pulso. Posesión tú me dabas de mí, al dárteme tú. Viví, vivo. ¿Hasta cuándo? Sé que te volverás atrás. Cuando te vayas retornaré a ese sordo mundo, sin diferencias, del gramo, de la gota, en el agua, en el peso. Uno más seré yo al tenerte de menos. Y perderé mi nombre, mi edad, mis señas, todo perdido en mí, de mí. Vuelto al osario inmenso de los que no se han muerto y ya no tienen nada que morirse en la vida.
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Poeta
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¿Cómo me vas a explicar, di, la dicha de esta tarde, si no sabemos porqué fue, ni cómo, ni de qué ha sido, si es pura dicha de nada? En nuestros ojos visiones, visiones y no miradas, no percibían tamaños, datos, colores, distancias. De tan desprendidamente como estaba yo y me estabas mirando, más que mirando, mis miradas te soñaban, y me soñaban las tuyas. Palabras sueltas, palabras, deleite en incoherencias, no eran ya signo de cosas, eran voces puras, voces de su servir olvidadas. ¡Cómo vagaron sin rumbo, y sin torpeza las caricias! Largos goces iniciados, caricias no terminadas, como si aun no se supiera en qué lugar de los cuerpos el acariciar se acaba, y anduviéramos buscándolo, en lento encanto, sin ansia. Las manos, no era tocar lo que hacían en nosotros, era descubrir; los tactos nuestros cuerpos inventaban, allí en plena luz, tan claros como en la plena tiniebla, en donde sólo ellos pueden ver los cuerpos, con las ardorosas palmas. Y de estas nadas se ha ido fabricando, indestructible, nuestra dicha, nuestro amor, nuestra tarde. Por eso no fue nada, sé que esta noche reclinas lo mismo que una mejilla sobre este blancor de plumas -almohada que ha sido alas- tu ser, tu memoria, todo, y que todo te descansa, sobre una tarde de dos, que no es nada, nada, nada.
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Poeta
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