Crónicas :  EQUINOCCIAL DIFUSO
Tingángo: Polígono de tres lados determinado por tres rectas que se cortan dos a dos en tres puntos no alineados. Diccionario Piliano.

Ciertos pájaros anidan en frondosos árboles de guirnaldas y celosías, de hojas de glaucas esmeraldas y ramajes de ónice veteado, de profundas raíces bajo las perpetraciones del azafrán y la borraja. Algunas algas perplejas navegan los mares buscando los grandes crustáceos de caparazón dorada, las arenas impuras de las playas escondidas, las espumas alborotadas de las rompientes y los cascos de venerables maderas de pino curadas al sol. Hay invertebrados luminosos, lamparillas de carnaval, cirios vetustos, luces tremolantes que convergen y divergen contra el terciopelo negro azul de las noches de un trópico secreto con sus carabelas y sus medusas, y fuegos de San Telmo y volcanes submarinos. Suceden días a contramarea, a contraviento, a contracorriente, a contrapelo, días de desambiguaciones y desencantos, con los atardeceres torcidos y las noches con herrumbres. En la placidez de los parques, por el borde de los rieles de los trenes de las lluvias, donde los dedales de oro, más allá del río de las aguas salobres con sus oasis de paja brava y los pastizales tristones, la memoria se aconcha y se evapora dejando solo pequeños salares con aquellos recuerdos insolubles. Aun se ven las huellas de las emigraciones iniciales de las aves por un cielo prehistórico buscando los humedales de verdes y aguas, las lagunas atestadas de peces plateando en la luz de esos primeros días, los senderos invisibles sobre los extraños territorios recién despertando de sus tectónicas fundacionales. En las piritas de un camafeo de lapislázuli la geología subterránea pintó un arrabal perdido, un ábaco sin cuentas, los ojos oscuros de una pecatriz babilónica y un titiritero ensillando un mastodonte contra el murmullo de un arrebol melancólico. Entre el alboroto de los lúpulos presagiando las cervezas con la evocación y la inocencia de una disyuntiva de ebrios y bacos siniestros una copa vacía ladra a la noche que se avecina. Por entre follajes se vislumbran los rojizos tarderos, el delicado turquesa que recuerda un antiguo verde nilo, y grises altostratos borronientos que vienen huyendo del poniente y negros pájaros dormidos en sus vuelos. Y hay una palabra indescifrada que escriben las sombras de las anclas sin mar abandonadas con sus costras de óxidos y sus leguas marinas en los parques, en los malecones, en los puertos, en las plazas, oyendo los oleajes de lejos como un rumor de cadenas en naufragados escobenes. Un otoño agazapado comienza a pintar sus ocres, rojos y amarillos con la ladina calma de un rinoceronte encelado.
Poeta

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