Prosas poéticas :  Hitler.
Hitler.

Hitler empezó a tocar el piano. Acababa de firmar un largo protocolo de colaboración con la España fascista de Franco y le apetecía relajarse. Por la ventana del palacio entraba el débil cosquilleo de la campana de un Iglesia católica. Qué contrariedad, una mosca también entró por la ventana junto con la débil armonía. ¿cómo tocaría ahora su piano, ahora mismo en que le apetecía revisar una melodía de diamantes y rubíes?. La campana de aquella iglesia de Berlin soltaba su débil maravilla de siringas anaranjadas, junto con una miríada de siringas de vencejos locos, que iban de aquí para allá en un cielo violeta y añil. Tres judíos para España a cambio de diez millones de pesetas convertibles en marcos. No estaba mal la carne judía, valía su precio en oro. La gente ya no compraba el Mein Kampf que le hiciera rico, y necesitaba más dinero. Pero qué agobio no poder despellejar tres horrorosos y criminales judíos. La mosca, impertinente, se posó en el piano, y la mató. Empezó a tocar. Primero surgieron pequeñas chispas de luz anaranjada, en las que ardían insectos de jade y turquesa, que se movieron sobre la melodía de un cisne brutal, de ojos profundamente negros e hieráticos, fríos como témpanos de hielo negro, en los que se reflejaba una malaquita de nauseas, y un profundo laberinto escarchado de ostiones de nácar, feos como horribles y estrambóticas piedras, luego las chispas se hicieron más intensas, rojas, tal la sangre, de un bermellón rabioso, y casi negro, en las que ardían pupilas de niños arrancadas de cuajo, y navajas de barbero afiladísimas que cortaban pescuezos de gallos verdes. La habitación se llenó de pavos reales, verdes y azules, y el músico, abstraído, los elevó a la categoría de Dioses, hasta sus deyecciones eran de color azul, y se hicieron de pronto tan pequeños que cupieron en una gota de rocío, que se evaporó. Prosiguió la melodía, todo el mundo sabe que los nazis tocan el piano de una manera apoteósica. Hitler estaba sudando, qué placer, Dios mío, se decía, ante la música que surgía de sus dedos, llena de arabescos de ázucar y jengibre, junto al piano había un pequeñito reloj de arena, regalo de una condesa, sin quitar las manos del piano le dio la vuelta para contemplar la caída de la arena de oro. La música sonaba a Leviatanes marinos, grandes y deformes, llenos de tentáculos, que también se hicieron diminutos hasta caber en una sola gota de rocío, que también se evaporó. Se deslizaban los acordes por prismas de bellísimos arcoiris, en los que flotaban mariposas de ocre, marrones, y llenas de pelo, muy feas, como sucios vagabundos, y Hitler las espantó con un trinar de notas de piano amarillas, en las que había un tenebroso bosque lleno de cocodrilos, un manglar lleno de bueyes , y la cola de un guepardo, cortada en dos. La melodía era naranja, azul, violeta, verde, rosa, sesenta mil arpas tocaban en cada nota del piano de Hitler. Qué perfección, Dios mío, dijo un soldado que escuchaba desde la calle. Trescientos geranios brotaron de golpe sobre una alcantarilla y se derritieron en una llamarada de inciensos. Hitler dejó de tocar el piano. ¿por qué salvar tres horribles judíos?. Tenía el protocolo de colaboración con España sobre el piano, lo cogió con sus bellísimas manos, le echó un vistazo, y lo rompió. Luego, incomodo, se levantó, y cerró la ventana. Seguiría tocando el piano de una manera bellísima. Todo el mundo sabe o debería de saber que Hitler era un magnífico pianista.

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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
Poeta

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