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No dejes morir tus llamas; Caldea mi sordo corazón, ¡Voluptuosidad, cruel tormento! Diva! supplicem exaudî!
Diosa en el aire difundida, Llama de nuestro subterráneo, Escucha a un alma consumida Que alza hacia ti su férreo canto,
¡Voluptuosidad, sé mi reina! Toma máscara de sirena Hecha de carne y de brocado,
O viérteme tus hondos sueños En el licor informe y místico, ¡Voluptuosidad, fantasma elástico!
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Poeta
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A mi lado sin tregua el Demonio se agita; En torno de mi flota como un aire impalpable; Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones De un deseo llenándolos culpable e infinito.
Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte, De la más seductora mujer las apariencias, y acudiendo a especiosos pretextos de adulón Mis labios acostumbra a filtros depravados.
Lejos de la mirada de Dios así me lleva, Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro De las hondas y solas planicies del Hastío,
Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos, Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas, ¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive!
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Poeta
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¡Hoy el espacio es fabuloso! Sin freno, espuelas o brida, Partamos a lomos del vino ¡A un cielo divino y mágico!
Cual dos torturados ángeles Por calentura implacable, En el cristal matutino Sigamos el espejismo.
Meciéndonos sobre el ala De la inteligente tromba En un delirio común,
Hermana, que nadas próxima, Huiremos sin descanso Al paraíso de mis sueños.
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Poeta
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La singular mirada de una mujer galante Que llega hasta nosotros como la blanca luz Que enviara la luna al lago tembloroso Cuando quiere bañar su indolente belleza;
Los últimos escudos que tiene un jugador; Un beso lujurioso de la flaca Adelina; Los ecos de una música cálida y enervante Como el grito lejano del humano sufrir,
No vale todo ello, oh botella profunda, El penetrante bálsamo que tu fecundo vientre Ofrece al corazón del poeta abrumado;
Tú le dispensas vida, juventud y esperanza -Y orgullo, esa defensa frente a toda miseria Que nos vuelve triunfales y a dioses semejantes.
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Poeta
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Cantó una noche el alma del vino en las botellas: «¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado, Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos, Un cántico fraterno y colmado de luz!»
Sé cómo es necesario, en la ardiente colina, Penar y sudar bajo un sol abrasador, Para engendrar mi vida y para darme el alma; Mas no seré contigo ingrato o criminal.
Disfruto de un placer inmenso cuando caigo En la boca del hombre al que agota el trabajo, y su cálido pecho es dulce sepultura Que me complace más que mis frescas bodegas.
¿Escuchas resonar los cantos del domingo y gorjear la esperanza de mi jadeante seno? De codos en la mesa y con desnudos brazos Cantarás mis loores y feliz te hallarás;
Encenderé los ojos de tu mujer dichosa; Devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores, Siendo para ese frágil atleta de la vida, El aceite que pule del luchador los músculos.
Y he de caer en ti, vegetal ambrosía, Raro grano que arroja el sembrador eterno, Porque de nuestro amor nazca la poesía Que hacia Dios se alzará como una rara flor!»
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Poeta
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La diana resonaba en todos los cuarteles Y apagaba las lámparas el viento matutino.
Era la hora en que enjambres de maléficos sueños Ahogan en sus almohadas a los adolescentes; Cuando tal palpitante y sangrienta pupila, La lámpara en el día traza una mancha roja Y el alma, bajo el peso del cuerpo adormilado, Imita los combates del día y de la lámpara. Como lloroso rostro que enjugase la brisa, Llena el aire un temblor de cosas fugacísimas Y se cansan los hombres de escribir y de amar.
Empiezan a humear acá y allá las casas, Las hembras del placer, con el párpado lívido, Reposan boquiabiertas con derrengado sueño; Las pobres, arrastrando sus fríos y flacos senos, Soplan en los tizones y soplan en sus dedos. Es la hora en que, envueltas en la mugre y el frío, Las parturientas sienten aumentar sus dolores; Como un roto sollozo por la sangre que brota El canto de los gallos desgarra el aire oscuro; Baña los edificios un océano de niebla, y los agonizantes, dentro, en los hospitales, Lanzan su último aliento entre hipos desiguales. Los libertinos vuelven, rotos por su labor.
La friolenta aurora en traje verde y rosa Avanzaba despacio sobre el Sena desierto Y el sombrío Paris, frotándose los ojos, Empuñaba sus útiles, viejo trabajador.
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Poeta
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I De aquel terrible paisaje Como nunca vio mortal, Esta mañana, aún la imagen Vaga y lejana perdura.
¡Lleno está el sueño de magia! Por un singular capricho Desterré de ese espectáculo Al barroco vegetal,
Y, pintor fiel de mi sueño, En el cuadro saboreé La monotonía embriagante De agua, mármol y metal.
Babel de arcos y escaleras, Era un palacio infinito lleno de fuentes y aljibes En oro bruñido o mate;
Y rumorosas cascadas, Como cortinas de vidrio, Se suspendían destellantes Sobre murallas metálicas.
No árboles, sino columnas, Ceñían estanques dormidos, Donde gigantescas náyades Como damas se miraban.
Capas de agua se extendían, Por muelles rosas y verdes, Durante miles de leguas, Hacia el fin del universo;
Había piedras inauditas Y olas mágicas; había Inmensos hielos absortos Por lo que ellos reflejaban.
Taciturnos y distantes, Ganges en el firmamento, Arrojaban sus tesoros En diamantinos abismos.
Arquitecto de mis magias Hacía, a mi voluntad, Bajo un enjoyado túnel Pasar un manso océano;
Y hasta los negros colores Parecían claros y limpios; Fundía su gloria el líquido En el rayo cristalino.
No había vestigio de astros, ¡Ni siquiera el sol poniente, Para alumbrar los prodigios Que con su fuego brillaban!
Y sobre esas maravillas Planeaba (¡atroz novedad! Presente el ojo, no el oído) Un infinito silencio.
II Al abrir mis ardientes ojos, Miré el horror de mi cuarto Y sentí, de nuevo en mi alma, De la inquietud el aguijón;
El fúnebre son del péndulo, Me recordó el mediodía; Caía la oscuridad Sobre el embotado mundo.
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Poeta
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A la buena sirvienta que un día os tuvo celosa Y que su sueño duerme bajo la humilde hierba, Pese a todo, debiéramos llevarle algunas flores. Los muertos, pobres muertos, tienen grandes pesares Y cuando lanza Octubre su viento melancólico Que despoja a los árboles en torno de las tumbas, A los vivos, sin duda, encuentran bien ingratos Por dormir tibiamente bajo sus cobertores, Mientras que, devorados por negras pesadillas, Sin agradables charlas, sin compañía en el lecho, Esqueletos helados que trabajó el gusano, Ellos sufren las nieves goteantes del invierno, Y transcurrir el siglo, sin que amigos ni deudos, Reemplacen los jirones que penden de sus verjas. Cuando silba y crepita el leño, si una noche, Tranquila, en el sillón la viera reclinarse, Si en una noche azul y helada de Diciembre La encontrara encogida en un rincón del cuarto, Grave y recién llegada de su lecho perenne, Ciñendo al niño grande con maternal mirada, A aquella alma piadosa ¿qué le respondería Viendo caer las lágrimas de sus profundos párpados?
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Poeta
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Todavía no he olvidado, cercana a la ciudad, Nuestra blanca mansión, pequeña más tranquila, La Pomona de estuco y la antigua Afrodita Velando su pudor tras una rala fronda, Y el sol, en el crepúsculo, destellante y soberbio Que, tras el vidrio donde se quebraban sus rayos, Parecía, gran pupila en el cielo curioso, Contemplar nuestras largas y solitarias cenas, Derramando sus bellos reflejos alongados En el estor de sarga y en el frugal mantel.
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Poeta
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Cuando te veo cruzar, oh mi amada indolente, Paseando el hastío de tu mirar profundo, Suspendiendo tu paso tan armonioso y lento Mientras suena la música que se pierde en los techos.
Cuando veo, al reverbero del gas que va tiñéndola, Tu frente aureolada de un mórbido atractivo Donde las luces últimas del sol traen a la aurora, Y, como los de un cuadro, tus fascinantes ojos,
Me digo: ¡qué bella es! , ¡qué lozanía extraña! El taraceado recuerdo, pesada y regia torre, La corona, y su corazón, prensado como fruta, Y su cuerpo, están prestos para el más sabio amor.
¿Serás fruto que en otoño da sazonados sabores? ¿Vaso fúnebre que aguarda ser colmado por las lágrimas? ¿Perfume que hace soñar en perfumes lejanísimos, Almohadón acariciante o canastilla de flores?
Sé que hay ojos arrasados por la cruel melancolía Que no guardan escondido ningún precioso secreto, Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquias Más vacíos y más lejanos, ¡oh cielos!, que esos dos tuyos.
Pero ¿no basta que seas la más sutil apariencia, Alegrando al corazón que huye de la verdad? ¿Qué más da tontería en ti o qué más da indiferencia? Te saludo adorno o máscara. Sólo adoro tu belleza.
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Poeta
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