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Mi juventud no fue sino oscura tormenta que rara vez el Sol cortó con luz brillante, trueno y lluvia ejercieron tan repetida afrenta que en mi jardín no existen los frutos incitantes.
Yo que toqué el otoño del pensamiento azadas tendré que usar, rastrillos y palas poderosas, para juntar de nuevo las tierras inundadas donde los agujeros son grandes como fosas.
Quién sabe si las nuevas flores que yo he soñado encontrarán en este territorio lavado el místico alimento que las vaya elevando!
Oh dolor de dolor! Corre el tiempo, la vida, y el oscuro enemigo que nos va desangrando crece y se fortifica con la sangre perdida!
Versión de Pablo Neruda
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Poeta
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¡Madre de los recuerdos! ¡Reina de los amantes! Eres todo mi gozo, ¡todo mi yugo eres! En ti revivirán los íntimos instantes y el sabor del hogar en los atardeceres, Madre de los recuerdos, ¡Reina de los Amantes!
Las noches que doraba la crepitante lumbre, las noches del balcón entre un vaho de rosas, cuán dulce tu regazo, de ardiente mansedumbre y el frecuente decirnos inolvidables cosas en noches que doraba la crepitante lumbre.
¡Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas! ¡Qué profundo el espacio! ¡Qué cordial poderío¡ Inclinado hacia ti, Reina de las amadas, respiraba el perfume de tu cuerpo bravío. Oh cuán bellos los soles de las tibias veladas.
En redor espesaba la noche su negrura y entre ella adivinaban mis ojos tus pupilas, yo libaba tu aliento. ¡Oh veneno! ¡Oh dulzura! Y tus pies dormitaban en mis manos tranquilas, y en redor espesaba la noche su negrura.
¡Es de artistas fijar los minutos del gozo remirando el ayer sumido en tus rodillas! ¿A qué vano buscar encanto langoroso, de tu cuerpo y tu alma sino en las maravillas? Es de artistas fijar los minutos del gozo.
Juramentos, aromas, besos innumerables: renacerán del vórtice vedado a nuestras sondas como soles que suben a cielos inefables después de sumergidos en las amargas ondas? ¡Oh aromas, juramentos! ¡Oh besos incontables!
Versión de Carlos López Narváez
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Poeta
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Ésta es una mujer de rotunda cadera que permite en el vino mojar su cabellera. Las garras del amor , las mismas del granito. Se ríe de la muerte y la depravación, y, a pesar de su fuerte poder de destrucción, las dos han respetado hasta ahora, en verdad, de su cuerpo alto y firme la altiva majestad.
Anda como una diosa y tiende sultana, siente por el placer fe mahometana. Y cuando abre los brazos, sus pechos soberanos demanda la mirada de todos los humanos.
Ella sabe, ella sabe, ¡oh doncella infecunda!, necesaria, no obstante a la caterva inmunda, que la beldad del cuerpo es un sublime don que de cualquier infamia asegura el perdón.
Ella ignora el infierno y purgatorio ignora, y mirará por eso, cuando le llegue la hora, la cara de la muerte en un tan duro momento, como un niño: sin odio sin remordimiento.
Versión de María Fasce
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Poeta
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La avenida estridente en torno de mí aullaba. Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa, pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa Casi apartó las puntas del velo que llevaba.
Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa, Me hizo beber crispado, en un gesto demente, En sus ojos el cielo y el huracán latente; El dulzor que fascina y el placer que destroza.
Relámpago en tinieblas, fugitiva belleza, Por tu brusca mirada me siento renacido. ¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?
¿Jamás, lejos, mañana?, pregunto con tristeza. Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías. Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.
Versión de José Emilio Pacheco
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Poeta
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¡Eres un bello cielo de otoño, claro y rosa! Pero en mí, la tristeza asciende como el mar, Y en su reflujo deja en mis cansados labios, El punzante recuerdo de sus limos amargos.
-Se desliza tu mano por mi agotado pecho; Lo que ella en vano busca, es un hueco asolado Por las feroces garras que esconde la mujer. Mi corazón no busques, fue pasto de las fieras.
Ahora es como un palacio saqueado por las turbas, Donde beben, se matan, se arrancan los cabellos. -Flota un perfume en torno de tu desnudo cuello!...
¡Tú lo quieres, Belleza, flagelo de las almas! Con tus ojos de fuego, como fiestas lujosas, ¡Calcina esos despojos que evitaron las fieras!
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Poeta
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Qué hermoso el sol parece cuando fresco se eleva, Dando los buenos días como en una explosión -Feliz aquel que puede, por el amor transido, Saludar al poniente, más glorioso que un sueño.
¡Lo recuerdo!... Yo he visto todo, flor, surco, fuente, Caer bajo su mirada como un corazón vivo... -Pronto, pronto, ya es tarde, vamos al horizonte Para atrapar al menos algún oblicuo rayo.
Pero persigo en vano al Dios que se retira; La irresistible Noche establece su imperio, Negro, húmedo, funesto, roto de escalofríos;
Un olor a sepulcro en las tinieblas boga, Y mi pie temeroso roza, junto al pantano, Sapos inesperados y babosas heladas.
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Poeta
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De la Diosa empuñasteis la espesa cabellera, Con vigor tal, que todos os hubieran tomado, Al ver ese aire altivo y ese hermoso abandono Por un joven rufián que golpease a su amante.
La mirada incendiada por un fuego precoz, Vuestro orgullo de artífice sin pudor exhibisteis, En esas construcciones, cuya audacia correcta, Anticipa los frutos de vuestra madurez.
Poeta, nuestra sangre por cada poro escapa. ¿Tal vez por un azar, la veste del Centauro, Que cada vena en fúnebre arroyo transformó,
Fue tres veces teñida en las sutiles lavas, De aquellos monstruosos reptiles vengativos, Que Hércules en su cuna un día estrangulara?
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Poeta
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En su celda, el poeta, harapiento y enfermo, Teniendo un manuscrito bajo su pie convulso, Contempla con mirada inundada de pánico La escalera de vértigo donde su alma se abisma.
Las risas enervantes que pueblan la prisión, Arrastran su razón a lo absurdo y lo extraño; La Duda lo rodea y el ridículo Miedo, Odioso y multiforme, circula en torno de él.
Este genio encerrado en un antro malsano, Esas muecas y gritos, espectros cuyo enjambre Amotinado gira detrás de sus oídos,
El soñador a quien el horror despertara, Tal es tu emblema, Alma de tenebrosos sueños, Que ahoga la Realidad entre sus cuatro muros.
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Poeta
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El banco inextricable y duro, El arduo pasadizo, el voraz maëlstrom, Menos arena arrastran y menos broza impura
Que nuestros corazones, donde se mira el cielo; Son como promontorios en el aire sereno, Donde el faro destella, centinela benéfico, Pero abajo minados por corrosivas lapas;
Podríamos compararlos todavía al albergue, Del hambriento esperanza, donde golpean de noche, Jurando, heridos, rotos, solicitando asilo, Prelados y estudiantes, rameras y soldados.
Nunca regresaran a las sucias alcobas; Guerra, ciencia y amor, nada nos necesita. El atrio estaba helado, infectos vino y lecho; ¡Hay que servir de hinojos a visitantes tales!
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Poeta
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Tranquilo como un sabio, manso como un maldito, dije: Te amo, oh mi beldad, oh encantadora mía... Cuántas veces... Tus orgías sin sed, tus amores sin alma, Tu gusto de infinito Que en todo, hasta en el mal, se proclama,
Tus bombas, tus puñales, tus victorias, tus fiestas, Tus barrios melancólicos, Tus suntuosos hoteles, Tus jardines colmados de intrigas y suspiros, Tus templos vomitando musicales plegarias, Tus pueriles rabietas, tus juegos de vieja loca, Tus desalientos;
Tus fuegos de artificio, erupciones de gozo, Que hacen reír al cielo, tenebroso y callado.
Tu venerable vicio, que en la seda se ostenta, Y tu virtud risible, de mirada infeliz Y dulce, extasiándose en el lujo que muestra...
Tus principios salvados, tus vulnerables leyes, Tus altos monumentos donde la bruma pende, Tus torres de metal que el sol hace brillar, Tus reinas de teatro de encantadoras voces, Tus toques de rebato, tu cañón que ensordece, Tus empedrados mágicos que alzan las fortalezas,
Tus parvos oradores de barrocas maneras, Predicando el amor, y tus alcantarillas, pletóricas de sangre, En el Infierno hundiéndose como los Orinocos. Tus bufones, tus ángeles, nuevos en su oropel. Ángeles revestidos de oro, jacinto y púrpura, Sed testigos, vosotros, que cumplí mi deber Como un perfecto químico, como un alma devota.
Porque de cada cosa la quintaesencia extraje, Tú me diste tu barro y en oro lo troqué.
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Poeta
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