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La mujer que no mece a un hijo en el regazo; cuyo calor y aroma alcance a sus entrañas, tiene una laxitud de mundo entre los brazos; todo su corazòn congoja inmensa baña.
El lirio le recuerda unas sienes de infante; el Ángelus le pide otra boca con ruego; e interroga la fuente de seno de diamante por qué su labio quiebra el cristal en sosiega
Y al contemplar sus ojos se acuerda de la azada piensa que en los de un hijo no mirará éxtasiada; al vaciarse sus ojos, los follajes de octubre.
Con doble temblor oye el viento en los cipreses ¡Y una mendiga grávida, cuyo seno florece cual la parva de enero, de vergüenza la cubre!
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Poeta
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Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días, mujer de saya azul y de tostada frente, que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía vi abrir el surco negro en un abril ardiente.
Alzaba en la taberna, honda, la copa impura el que te apegó un hijo al pecho de azucena, y bajo ese recuerdo, que te era quemadura, caía la simiente de tu mano, serena.
Segar te vi en enero los trigos de tu hijo, y sin comprender tuve en ti los ojos fijos, agrandados al par, de maravilla y llanto.
Y el lodo de tus pies todavía besara, porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara ¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!
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Poeta
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Ruth moabita a espigar va a las eras, aunque no tiene ni un campo mezquino. Piensa que es Dios dueño de las praderas y que ella espiga en un predio divino.
El sol caldeo su espalda acuchilla, baña terrible su dorso inclinado; arde de fiebre su leve mejilla, y la fatiga le rinde el costado.
Booz se ha sentado en la parva abundosa. El trigal es una onda infinita, desde la sierra hasta donde él reposa,
que la abundancia ha cegado el camino... Y en la onda de oro la Ruth moabita viene, espigando, a encontrar su destino.
...
Booz mirò a Ruth, y a los recolectores. Dijo: "Dejad que recoja confiada"... Y sonrieron los espigadores, viendo del viejo la absorta mirada...
Eran sus barbas dos sendas de flores, su ojo dulzura, reposo el semblante; su voz pasaba de alcor en alcores, pero podía dormir a un infante...
Ruth lo miró de la planta a la frente, y fue sus ojos saciados bajando, como el que bebe en inmensa corriente.
Al regresar a la aldea, los mozos que ella encontrò la miraron temblando. Pero en su sueño Booz fue su esposo.
...
Y aquella noche el patriarca en la era viendo los astros que laten de anhelo, recordó aquello que a Abraham prometiera Jehová: más hijos que estrellas dio al cielo.
Y suspiró por su lecho baldío, rezó llorando, e hizo sitio en la almohada para la que, como baja el rocío, hacia él vendría en la noche callada.
Ruth vio en los astros los ojos con llanto de Booz llamándola, y estremecida, dejò su lecho, y se fue por el campo...
Dormía el justo, hecho paz y belleza. Ruth, más callada que espiga vencida, puso en el pecho de Booz su Cabeza.
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Poeta
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Raza judía, carne de dolores, raza judía, río de amargura: como los cielos y la tierra, dura y crece aún tu selva de clamores.
Nunca han dejado orearse tus heridas; nunca han dejado que a sombrear te tienda para estrujar y renovar tu venda, más que ninguna rosa enrojecida.
Con tus gemidos se ha arrullado el mundo. Y juego con las hebras de tu llanto. Los surcos de tu rostro, que amo tanto, son cual llagas de sierra de profundos.
Temblando mecen su hijo las mujeres, temblando siega el hombre su gavilla. En tu soñar se hincó la pesadilla y tu palabra es sólo el ¡"miserere"!
Raza judía, y aun te resta pecho y voz de miel, para alabar tus lares, y decir el Cantar de los Cantares con lengua, y labio, y corazòn deshechos.
En tu mujer camina aún María. Sobre tu rostro va el perfil de Cristo; por las laderas de Siòn le han visto llamarte en vano, cuando muere el día...
Que tu dolor en Dimas le miraba y Él dijo a Dimas la palabra inmensa y para ungir sus pies busca la trenza de Magdalena ¡y la halla ensangrentada!
¡Raza judía, carne de dolores, raza judía, río de amargura: como los cielos y la tierra, dura y crece tu ancha selva de clamores!
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Poeta
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El pinar al viento vasto y negro ondula, y mece mi pena con canción de cuna.
Pinos calmos, graves como un pensamiento, dormidme la pena, dormidme el recuerdo.
Dormidme el recuerdo, asesino pálido, pinos que pensáis con pensar humano.
El viento los pinos suavemente ondula. ¡Duérmete, recuerdo, duérmete, amargura!
La montaña tiene el pinar vestida como un amor grande que cubriò una vida.
Nada le ha dejado sin poseerle, ¡nada! ¡Como un amor ávido que ha invadido un alma!
La montana tiene tierra sonrosada; el pinar le puso su negrura trágica,
(Así era el alma alcor sonrosado; así el amor púsole su brocado trágico.)
El viento reposa y el pinar se calla, cual se calla un hombre asomado a su alma.
Medita en silencio, enorme y oscuro, como un ser que sabe del dolor del mundo.
Pinar, tengo miedo de pensar contigo; miedo de acordarme, pinar, de que vivo.
¡Ay!, tú no te calles, procura que duerma; no te calles como un hombre que piensa.
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Poeta
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Cristo, el de las carnes en gajos abiertas; Cristo, el de las venas vaciadas en ríos: estas pobres gentes del siglo están muertas de una laxitud, de un miedo, de un frío!
A la cabecera de sus lechos eres, si te tienen, forma demasiado cruenta, sin esas blanduras que aman las mujeres y con esas marcas de vida violenta.
No te escupirían por creerte loco, no fueran capaces de amarte tampoco así, con sus ímpetus laxos y marchitos.
Porque como Lázaro ya hieden, ya hieden, por no disgregarse, mejor no se mueven. ¡Ni el amor ni el odio les arrancan gritos!
...
Aman la elegancia de gesto y color, y en la crispadura tuya del madero, en tu sudar sangre, tu último temblor y el resplandor cárdeno del Calvario entero,
les parece que hay exageración y plebeyo gusto; el que Tú lloraras y tuvieras sed y tribulación, no cuaja en sus ojos dos lágrimas claras.
Tienen ojo opaco de infecunda yesca, sin virtud de llanto, que limpia y refresca; tienen una boca de suelto botón
mojada en lascivia, ni firme ni roja, ¡y como de fines de otoño, así, floja e impura, la poma de su corazón!
...
¡Oh Cristo! El dolor les vuelva a hacer viva l'alma que les diste y que se ha dormido, que se la devuelva honda y sensitiva, casa de amargura, pasión y alarido.
¡Garfios, hierros, zarpas, que sus carnes hiendan al como se parten frutos y gavillas; amas que a su gajo caduco se prendan amas como argollas y como cuchillas!
¡Llanto, llanto de calientes raudales renueve los ojos de turbios cristales les vuelva el viejo fuego del mirar!
¡Retòñalos desde las entrañas, Cristo! si ya es imposible, si tú bien lo has visto, son paja de eras… ¡desciende a aventar!
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Poeta
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Con el mentón caído sobre la mano ruda, el Pensador se acuerda que es carne de la huesa, carne fatal, delante del destino desnuda, carne que odia la muerte, y tembló de belleza.
Y tembló de amor, toda su primavera ardiente, ahora, al otoño, anégase de verdad y tristeza. El "de morir tenemos" pasa sobre su frente, en todo agudo bronce, cuando la noche empieza.
Y en la angustia, sus músculos se hienden, sufridores cada surco en la carne se llena de terrores, Se hiende, como la hoja de otoño, al Señor fuerte
que le llama en los bronces... Y no hay árbol torcido de sol en la llanura, ni leòn de flanco herido, crispados como este hombre que medita en la muerte.
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Poeta
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En costa lejana y en mar de Pasiòn, dijimos adioses sin decir adiós. Y no fue verdad la alucinaciòn. Ni tú la creíste ni la creo yo, "y es cierto y no es cierto" como en la canciòn.
Que yendo hacia el Sur diciendo iba yo: -Vamos hacia el mar que devora al Sol.
Y yendo hacia el Norte decía tu voz: -Vamos a ver juntos dònde se hace el Sol.
Ni por juego digas o exageraciòn que nos separaron tierra y mar, que son: ella, sueño, y él, alucinaciòn.
No te digas solo ni pida tu voz albergue para uno al albergador. Echarás la sombra que siempre se echó, morderás la duna con paso de dos...
¡Para que ninguno, ni hombre ni dios, nos llame partidos como luna y sol; para que ni roca ni viento errador, ni río con vado ni árbol sombreador, aprendan y digan mentira o error del Sur y del Norte, del uno y del dos!
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Poeta
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El Ixtlazihuatl mi mañana vierte; se alza mi casa bajo su mirada, que aquí a sus pies me reclinó la suerte y en su luz hablo como alucinada.
Te doy mi amor, montaña mexicana; como una virgen tú eres deleitosa; sube de ti hecha gracia la mañana, pétalo a pétalo abre como rosa.
El Ixtlazihuatl con su curva humana endulza el cielo, el paisaje afina. Toda dulzura de su dorso mana; el valle en ella tierno se reclina.
Está tendida en la ebriedad del cielo con laxitud de ensueño y de reposa, tiene en un pico un ímpetu de anhelo hacia el azul supremo que es su esposo.
Y los vapores que alza de sus loma tejen su sueño que es maravilloso: cual la doncella y como la paloma su pecho es casto, pero se halla ansioso.
Mas tú la andina, la de greña oscura mi Cordillera, la Judith tremenda, hiciste mi alma cual la zarpa dura y la empapaste en tu sangrienta venda.
Y yo te llevo cual tu criatura, te llevo aquí en mi corazòn tajeado, que me crié en tus pechos de amargura ¡y derramé mi vida en tus costados!
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Poeta
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Vendrá del Dios alerta que cuenta lo fallido. Por diezmo no pagado, rehén me fue cogido. Por algún daño oscuro así me han afligido.
Está dentro la noche ligero y desvalido como una corta fábula su cuerpo de vencido. Parece tan distante como el que no ha venido, el que me era cercano como aliento y vestido.
Apenas late el pecho tan fuerte de latido. ¡Y cae si yo suelto su cuello y su sentido!
Me sobra el cuerpo vano de madre recibido; y me sobra el aliento en vano retenido: me sobran nombre y forma junto al desposeído.
Afuera dura un día de aire aborrecido. Juega como los ebrios el aire que lo ha herido. Juega a diamante y hielo con que cortò lo unido y oigo su voz cascada de destino perdido...
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Poeta
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