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Vendrá del Dios alerta que cuenta lo fallido. Por diezmo no pagado, rehén me fue cogido. Por algún daño oscuro así me han afligido.
Está dentro la noche ligero y desvalido como una corta fábula su cuerpo de vencido. Parece tan distante como el que no ha venido, el que me era cercano como aliento y vestido.
Apenas late el pecho tan fuerte de latido. ¡Y cae si yo suelto su cuello y su sentido!
Me sobra el cuerpo vano de madre recibido; y me sobra el aliento en vano retenido: me sobran nombre y forma junto al desposeído.
Afuera dura un día de aire aborrecido. Juega como los ebrios el aire que lo ha herido. Juega a diamante y hielo con que cortò lo unido y oigo su voz cascada de destino perdido...
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Poeta
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Quedó sobre las hierbas el leñador cansado, dormido en el aroma del pino de su hachazo. Tienen sus pies majadas las hierbas que pisaron. Le canta el dorso de oro y le sueñan las manos. Veo su umbral de piedra, su mujer y su campo. Las cosas de su amor caminan su costado; las otras que no tuvo le hacen como más casto, y el soñoliento duerme sin nombre, como un árbol.
El mediodía punza lo mismo que venablo. Con una rama fresca la cara le repaso. Se viene de él a mi su día como un canto y mi día le doy como pino cortado.
Regresando, a la noche, por lo ciego del llano, oigo gritar mujeres al hombre retardado; y cae a mis espaldas y tengo en cuatro dardos nombre del que guardé con mí sangre y mi hálito.
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Poeta
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Ciento veinte años tiene, ciento veinte, y está más arrugada que la Tierra. Tantas arrugas lleva que no lleva otra cosa sino alforzas y alforzas como la pobre estera.
Tantas arrugas hace como la duna al viento, y se está al viento que la empolva y pliega; tantas arrugas muestra que le contamos solo sus escamas de pobre carpa eterna.
Se le olvidò la muerte inolvidable, como un paisaje, un oficio, una lengua. Y a la muerte también se le olvidò su cara, porque se olvidan las caras sin cejas.
Arroz nuevo le llevan en las dulces mañanas; fábulas de cuatro años al servirle le cuentan; aliento de quince años al tocarla le ponen: cabellos de veinte años al besarla le allegan.
Mas la misericordia que la salvajes la mía. Yo le regalaré mis horas muertas, y aquí me quedaré por la semana pegada a su mejilla y a su oreja.
Diciéndole la muerte lo mismo que una patria dándosela en la mano como una tabaquera; contándole la muerte como se cuenta a Ulises hasta que me la oiga y me la aprenda.
"La Muerte", le diré al alimentarla; y "La Muerte", también, cuando la duerma: "La Muerte", como el número y los números, como una antífona y una secuencia,
Hasta que alargue su mano y la tome, lúcida al fin en vez de soñolienta, abra los ojos, la mire y la acepte y despliegue la boca y se la beba.
Y que se doble lacia de obediencia y llena de dulzura se disuelva, con la ciudad fundada el año suyo y el barco que lanzaron en su fiesta.
Y yo pueda sembrarla lealmente, como se siembran maíz y lenteja, donde a tiempo las otras se sembraron, más dòciles, más prontas y más frescas.
El corazòn aflojado soltando, y la nuca poniendo en una arena, las viejas que pudieron no morir: Clara de Asís, Catalina y Teresa.
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Poeta
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La bailarina ahora está danzando la danza del perder cuanto tenía. Deja caer todo lo que ella había, padres y hermanos, huertos y campiñas, el rumor de su río, los caminos, el cuento de su hogar, su propio rostro y su nombre, y los juegos de su infancia como quien deja todo lo que tuvo caer de cuello, de seno y de alma.
En el filo del día y el solsticio baila riendo su cabal despojo. Lo que avientan sus brazos es el mundo que ama y detesta, que sonríe y mata, la tierra puesta a vendimia de sangre la noche de los hartos que no duermen y la dentera del que no ha posada.
Sin nombre, raza ni credo, desnuda de todo y de sí misma, da su entrega, hermosa y pura, de pies voladores. Sacudida como árbol y en el centro de la tornada, vuelta testimonio.
No está danzando el vuelo de albatroses salpicados de sal y juegos de olas; tampoco el alzamiento y la derrota de los cañaverales fustigados. Tampoco el viento agitador de velas, ni la sonrisa de las altas hierbas.
El nombre no le den de su bautismo. Se soltò de su casta y de su carne sumiò la canturía de su sangre y la balada de su adolescencia.
Sin saberlo le echamos nuestras vidas como una roja veste envenenada y baila así mordida de serpientes que alácritas y libres la repechan, y la dejan caer en estandarte vencido o en guirnalda hecha pedazos.
Sonámbula, mudada en lo que odia, sigue danzando sin saberse ajena sus muecas aventando y recogiendo jadeadora de nuestro jadeo, cortando el aire que no la refresca única y torbellino, vil y pura.
Somos nosotros su jadeado pecho, su palidez exangüe, el loco grito tirado hacia el poniente y el levante la roja calentura de sus venas, el olvido del Dios de sus infancias.
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Poeta
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En todos los lugares he encendido con mi brazo y mi aliento el viejo fuego; en toda tierra me vieron velando el faisán que cayó desde los cielos, y tengo ciencia de hacer la nidada de las brasas juntando sus polluelos.
Dulce es callando en tendido rescoldo, tierno cuando en pajuelas lo comienzo. Malicias sé para soplar sus chispas hasta que él sube en alocados miembros. Costó, sin viento, prenderlo, atizarlo: era o el humo o el chisporroteo; pero ya sube en cerrada columna recta, viva, leal y en gran silencio.
No hay gacela que salte los torrentes y el carrascal como mi loco ciervo; en redes, peces de oro no brincaron con rojez de cardumen tan violento. He cantado y bailado en torno suyo con reyes, versolans y cabreros, y cuando en sus pavesas él moría yo le supe arrojar mi propio cuerpo.
Cruzarían los hombres con antorchas mi aldea, cuando fue mi nacimiento o mi madre se iría por las cuestas encendiendo las matas por el cuello. Espino, algarrobillo y zarza negra, sobre mi único Valle están ardiendo, soltando sus torcidas salamandras, aventando fragancias cerro a cerro.
Mi vieja antorcha, mi Jadeada antorcha va despertando majadas y oteros; a nadie ciega y va dejando atrás la noche abierta a rasgones bermejos. La gracia pido de matarla antes de que ella mate el Arcángel que llevo.
(Yo no sé si lo llevo o si él me lleva; pero sé que me llamo su alimento, y me sé que le sirvo y no le falto y no lo doy a los titiriteros.)
Corro, echando a la hoguera cuanto es mío. Porque todo lo di, ya nada llevo, y caigo yo, pero él no me agoniza y sé que hasta sin brazos lo sostengo. O me lo salva alguno de los míos, hostigando a la noche y su esperpento, hasta el último hondòn, para quemarla en su cogollo más alto y señero.
Traje la llama desde la otra orilla, de donde vine y adonde me vuelvo. Allá nadie la atiza y ella crece y va volando en albatròs bermejo. He de volver a mi hornaza dejando caer en su regazo el santo préstamo.
¡Padre, madre y hermana adelantados, y mi Dios vivo que guarda a mis muertos: corriendo voy por la canal abierta de vuestra santa Maratòn de fuego!
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Poeta
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Árbol de fiesta, brazos anchos, cascada suelta, frescor vivo a mi espalda despeñados: ¿quién os dijo de pararme y silabear mi nombre?
Bajo un árbol yo tan solo lavaba mis pies de marchas con mi sombra como ruta y con el polvo por saya.
¡Qué hermoso que echas tus ramas y que abajas tu cabeza, sin entender que no tengo diez años para aprenderme tu verde cruz que es sin sangre y el disco de tu peana!
Atísbame, pino-cedro, con tus ojos verticales, y no muevas ni descuajes los pies de tu terrón vivo: que no pueden tus pies: nuevos con rasgones de los cactus y encías de las risqueras.
Y hay como un desasosiego, como un siseo que corre desde el hervor del Zodíaco a las hierbas erizadas. Viva está toda la noche de negaciones y afirmaciones, las del Ángel que te manda y el mío que con él, lucha;
y un azoro de mujer llora a su cedro de Líbano caído y cubierto de noche, que va a marchar desde el alba sin saber ruta ni polvo y sin volver a ver más su ronda de dos mil pinos.
¡Ay, árbol mío, insensato entregado a la ventisca a canícula y a bestia al azar de la borrasca. Pino errante sobre la Tierra!
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Poeta
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Una casa va naciendo en duna californiana y va saltando del médano en gaviota atolondrada.
El nacimiento lo agitan carreras y bufonadas, chorros silbados de arena, risas que suelta la grava, y ya van las vigas-madres subiendo apelicanadas.
Puerta y puertas van llegando reñidas con las ventanas, unas a guardarlo todo, otras a darlo, fiadas.
Los umbrales y dinteles se casan en cuerpos y almas, y unas piernas de pilares bajan a paso de danza...
Yo no sé si es que la hacen o de sí misma se alza; mas sé que su alumbramiento la costa trae agitada y van llegando mensajes en flechas enarboladas...
El amor acudiría si ya se funde la helada, y por dar fe, luz y aire, hasta tocarla se abajan, aunque se vea tan solo a medio alzar las espaldas...
Llegando están los trabajos menudos, pardos y en banda, cargando en gibados gnomos teatinos, mimbres y lanas que ojean buscando manos todavía no arribadas...
Y baja en un sesgo el Ángel Custodio de las moradas volea la mano diestra, jurándole su alianza y se la entrega a la costa en alta virgen dorada.
En torno al bendecidor hierven cien cosas trocadas; fiestas, bodas, nacimientos, risas, bienaventuranzas, y se echa una Muerte grande, al umbral, atravesada...
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Poeta
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Doña venenos habita a unos pasos de mi casa. Ella quiere disfrutar rutas, jardines y playas, y todo ya se lo dimos, pero no está apaciguada.
¿A qué vino de tan lejos si viaja llevando su alma? a los que nacen o mueren, a los que arriban o zarpan, y aunque son muchos sus días ¡no se cansa, no se cansa!
¿A qué vino de tan lejos si viaja llevando su alma? Pudo dejarla, sí, pudo, en cactus abandonada, y hacerse, cruzando mares, otra de hieles lavada.
¿A qué vino a ser la misma bajo el país de las palmas? Me la dicen, me la traen todos los días contada, pero yo aún no la he visto y me la tengo sin cara Cada día me conozco árbol nuevo, bestia rara y criaturas que llegan a la puerta de mi casa.
¿Pero si no la vi nunca cómo echo a la forastera? Y si me la dejo entrar, ¿qué hace de mi paz ganada? ¿qué de mi bien que es un árbol?
Todos me preguntan si ya vino la malhadada y luego me dicen que... es peor si se retarda.
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Poeta
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Yo la encontré por mi destino, de pie a mitad de la pradera, gobernadora del que pase, del que le hable y que la vea.
Y ella me dijo: "Sube al monte. Yo nunca dejo la pradera, y me cortas las flores blancas como nieves, duras y tiernas."
Me subí a la ácida montaña, busqué las flores donde albean, entre las rocas existiendo medio dormidas y despiertas.
Cuando bajé, con carga mía, la hallé a mitad de la pradera, y fui cubriéndola frenética, con un torrente de azucenas.
Y sin mirarse la blancura, ella me dijo: "Tú acarrea ahora sólo flores rojas. Yo no puedo pasar la pradera."
Trepe las penas con el venado, y busqué flores de demencia, las que rojean y parecen que de rojez vivan y mueran.
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Poeta
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Todas íbamos a ser reinas, de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía con Efigenia y Lucila con Soledad.
En el valle de Elqui, ceñido de cien montañas o de más, que como ofrendas o tributos arden en rojo y azafrán.
Lo decíamos embriagadas, y lo tuvimos por verdad, que seríamos todas reinas y llegaríamos al mar.
Con las trenzas de los siete años, y batas claras de percal, persiguiendo tordos huidos en la sombra del higueral.
De los cuatro reinos, decíamos, indudables como el Corán, que por grandes y por cabales alcanzarían hasta el mar.
Cuatro esposos desposarían, por el tiempo de desposar, y eran reyes y cantadores como David, rey de Judá.
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Poeta
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