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No hay vida o muerte, tan sólo tu presencia, inundando los tiempos, destruyendo mi ser y su memoria.
En el amor no hay formas sino tu inmóvil nombre, como estrella. En sus orillas cantan el espanto y la sed de lo invisible.
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Poeta
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Nombras el árbol, niña. Y el árbol crece, lento, alto deslumbramiento, hasta volvernos verde la mirada.
Nombras el cielo, niña. Y la nubes pelean con el viento y el espacio se vuelve un transparente campo de batalla.
Nombras el agua, niña. Y el agua brota, no sé dónde, brilla en las hojas, habla entre las piedras y en húmedos vapores nos convierte.
No dices nada, niña. Y la ola amarilla; la marea del sol, en su cresta nos alza, en los cuatro horizontes nos dispersa y nos devuelve, intactos, en el centro del día, a ser nosotros.
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Poeta
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Nace de mí, de mi sombra, amanece por mi piel, alba de luz somnolienta.
Paloma brava tu nombre, tímida sobre mi hombro.
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Poeta
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Mudo, tal un peñasco silencioso desprendido del cielo, cae, espeso, el cielo desprendido de su peso, hundiéndose en sí mismo, piedra y pozo.
Arde el anochecer en su destrozo; cruzo entre la ceniza y el bostezo calles en donde lívido, de yeso, late un sordo vivir vertiginoso;
Lepra de livideces en la piedra trémula llaga torna a cada muro; frente a ataúdes donde en rasos medra
la doméstica muerte cotidiana, surgen, petrificadas en lo oscuro, putas: pilares de la noche vana.
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Poeta
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Relumbra el aire, relumbra, el mediodía relumbra, pero no veo al sol.
Y de presencia en presencia todo se me transparenta, pero no veo al sol.
Perdido en las transparencias voy de reflejo a fulgor, pero no veo al sol.
Y él en la luz se desnuda y a cada esplendor pregunta, pero no ve al sol.
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Poeta
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Mis manos abren las cortinas de tu ser te visten con otra desnudez descubren los cuerpos de tu cuerpo Mis manos inventan otro cuerpo a tu cuerpo
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Poeta
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Un quieto resplandor me inunda y ciega, un deslumbrado círculo vacío, porque a la misma luz su luz la niega.
Cierro los ojos y a mi sombra fío esta inasible gloria, este minuto, y a su voraz eternidad me alío.
Dentro de mí palpita, flor y fruto, la aprisionada luz, ruina quemante, vivo carbón, pues lo encendido enluto.
Ya entraña temblorosa su diamante, en mí se funde el día calcinado, brasa interior, coral agonizante.
En mi párpado late, traspasado, el resplandor del mundo y sus espinas me ciegan, paraíso clausurado.
Sombras del mundo, cálidas rüinas, sueñan bajo mi piel y su latido anega, sordo, mis desiertas minas.
Lento y tenaz, el día sumergido es una sombra trémula y caliente, un negro mar que avanza sin sonido,
ojo que gira ciego y que presiente formas que ya no ve y a las que llega por mi tacto, disuelto en mi corriente.
Cuerpo adentro la sangre nos anega y ya no hay cuerpo más, sino un deshielo, una onda, vibración que se disgrega.
Medianoche del cuerpo, toda cielo, bosque de pulsaciones y espesura, nocturno mediodía del subsuelo,
¿este caer en una entraña obscura es de la misma luz del mediodía que erige lo que toca en escultura?
—El cuerpo es infinito y melodía.
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Poeta
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Más acá de la música y la danza, aquí, en la inmovilidad, sitio de la música tensa, bajo el gran árbol de mi sangre, tú reposas. Yo estoy desnudo y en mis venas golpea la fuerza, hija de la inmovilidad.
Éste es el cielo más inmóvil, y ésta la más pura desnudez. Tú, muerta, bajo el gran árbol de mi sangre.
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Poeta
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Por un cabello solo parte sus blancas venas, su dulce pecho bronco, y muestra labios verdes, frenéticos, nupciales, la espuma deslumbrada. Por un cabello solo.
Por esa luz en vuelo que parte en dos al día, el viento suspendido; el mar, dos mares fijos, gemelos enemigos; el universo roto mostrando sus entrañas, las sonámbulas formas que nadan hondas, ciegas, por las espesas olas del agua y de la tierra: las algas submarinas de lentas cabelleras, el pulpo vegetal, raíces, tactos ciegos, carbones inocentes, candores enterrados en la primer ceguera.
Por esa sola hebra, entre mis dedos llama, vibrante, esbelta espada que nace de mis yemas y ya se pierde, sola, relámpago en desvelo, entre la luz y yo.
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Poeta
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Sobre las aguas, sobre el desierto de las horas pobladas sólo por el sol sin nombre y la noche sin rostro, van los maderos tristes, van los hierros, la sal y los carbones, la flor del fuego, los aceites. Con los maderos sollozantes, con los despojos turbios y las verdes espumas, van los hombres.
Los hombres con su tos, sus venenos lentísimos y su sangre en destierro de ese lugar de pinos, agua y rocas desde su nacimiento señalado como sepulcro suyo por la muerte.
Van los hombres partidos por la guerra, empujados de sus tierras a otras, hombres que sólo llevan ya a la muerte su diminuta muerte, vagos semblantes sementeras, deslavadas colinas y descuajados árboles. La guerra los avienta, campesinos de voces de naranja, pechos de piedra, arroyos, torrenteras, viejos hermosos como el silencio de altas torres, torres aún en pie, indefensa ternura hundida en las bodegas.
Al terrón cejijunto lo ablandaron sus manos, sus anchos pies danzantes alzaron los sonidos nupciales del viñedo, la tierra estremecida bajo sus pies cantaba como tambor o vientre delirante, tal la pradera bajo los toros ciegos y violentos, de huracanado luto rodeados.
A la borda acodados, por los pasillos, la cubierta, sacos de huesos o racimos negros. No dicen nada, callan, oyen a sus mujeres (brujas de afiladas miradas alfileres, llenas de secretos ya secos como añosos armarios, historias que se sacan del pecho entre suspiros) contar con voz rugosa las minucias terribles de la guerra.
Los hombres son la espuma de la tierra, la flor del llanto, el fruto de la sangre; hijos de la ternura son de llanto, son de piedra y estrella, son de sol, son planetas que cantan mientras viven. ¿No hay agua, llanto, oh ramo de soles apagados?
Los hombres son la espuma de la tierra. Hijos de la ternura son de llanto y renacen del llanto, diluviales, y se esparcen por siglos como campos.
Bebe del agua de la muerte, bebe del agua sin memoria, deja tu nombre, olvídate de ti, bebe del agua, el agua de los muertos ya sin nombre, el agua de los pobres. En esas aguas sin facciones también está tu rostro. Allí te reconoces y recobras, allí pierdes tu nombre, allí ganas tu nombre y el poder de nombrarlos con su nombre más cierto.
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Poeta
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