Prosas poéticas :  Pirañas de Colores.
Pirañas de Colores. (ligeramente calumniando a Adolf Hitler).


Adolf Hitler tenía un acuario con pirañas de colores. Mientras tocaba armoniosamente bien su piano las observaba deambular por el acuario, siempre frenéticas y hambrientas. Eran verdes con las agallas violetas, o rojas y amarillas, de un rubor purpura y dorado exquisito, refulgían a la par que el piano. Hitler las alimentaba con fetos de judíos. Cada vez que en un campo de concentración una mujer abortaba su feto era conservado para que Hitler pudiera alimentar a sus pirañas. El dictador las adoraba, y Eva Braun también. Un día el dictador compuso en su piano una melodía para sus pirañas, hay una fulguración azul cuando los peces, rodeando el feto recién depositado en el agua, empiezan a morderlo. Cien mariposas amarillas y lilas y verdes surgen del piano cuando le dan dentelladas los pececitos al embrión humano. Hitler se extasiaba en la contemplación de cómo las pequeñas pirañillas de colores mordisqueaban y arrancaban los pies y los dedos del nonato. Era una auténtica maravilla ver como se deshacía el feto bajo los dientes de las pirañas. Cuando Hitler se suicidó las pirañas murieron de hambre. Pero se dice que devoraron cinco mil fetos judíos, a un niño por semana. Eran unos animales con pliegues de fantasía y dientes como cuchillos, como agujas. Se lanzaban sobre la pequeña masa gelatinosa del nonato con una impiedad inmisericorde, el feto parecía querer saltar fuera del acuario bajo los empujones y dentelladas de los pececillos. La melodía era exquisita entonces, Hitler no dejaba de tocar el piano hasta que no quedaba resto del niñito. Surgían arabescos de plata de la pianola hitleriana al compás de las mordeduras de los carnívoros bichos. Eva Braun semidesnuda mostraba sus pechos de porcelana blanca bajo un gran mapa de Alemania. Yo las he comprado en un mercado de Indonesia, las alimento de tocino y restos de jamón serrano. Las patas de jamón serrano que sobran en los bares de mi barrio, cuando ya nada más que quedan los restos y el pellejo y el hueso, las utilizo para que mis pirañas se alimenten. Hay quien dice que forman parte de mi propio estomago y que han surgido de mi boca como el mundo de la boca de Dios, ¡¡¡¡mentira¡¡¡¡¡. Son solo una distracción, nada más. Se que hay sibaritas que aun acuden a las clínicas a la espera de un feto humano recién abortado. Es delicioso ver entonces al aborto, al feto, no más de veinte o treinta centímetros, caer bajo los dientes de las pirañillas. Pero yo sólo uso patas de jamón, el hueso se pone limpio como si lo hubiesen corroído en ácido. Son unos animalillos preciosos, parecen Betas combatientes pero tienen la voracidad de mil tigres de Bengala. De la partitura que escribiera Adolf Hitler en su piano no queda copia. Supongo que sería de un refinamiento y un barroquismo soberbio. Me costaron los bichos mil euros, son unas quince, verdes, azules, amarillas, rojas. Es cierto que una vez utilicé el feto de un perrillo abortado y unos cachorrillos de gato recién nacidos y ahogados para alimentarlas, y yo, al igual que Adolf Hitler, compuse también para mi piano una pequeña melodía de grillos azules, muy pequeñitos y vivísima de luz dorada. Me produjo un estremecimiento sin embargo ver cómo devoraban un feto humano entero en el acuario de mi amigo Fernan, que fue el que me inició en estos misterios. El feto era pequeño, lo habían traído no hacía ni media hora directamente de una clínica abortiva, mi amigo Fernan lo depositó en el agua y los pececitos se avalanzaron sobre su cuerpecito y lo devoraron con primor, es curioso pero en la radio estaban sonando las danzas españolas de Enrique Granados. Duró poco el feto, acabó consumido antes de que las danzas terminarán de sonar. Sin embargo todo lo estropeó un sonoro pedo que mi amigo arrojó al aire justo en el momento en que el feto desaparecía. Todo el encanto monstruoso de aquel holocausto desapareció en el pedo de mi amigo, y por eso lo odié profundamente. Para mi su pedo fue como una blasfemia pronunciada en lugar sagrado. Pero en fín. En mi viaje a Indonesia compré treinta y en el viaje solo sobrevivieron veinte. Luego murieron otras cinco pirañas, devoradas por ellas mismas. Cuando arrojo un trozo de tocino al agua se vuelven locas como poseías por un espíritu diabólico.

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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
Poeta

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