Poemas eroticos :  Arcángel y Ortiga II.
Hermosos Chavales de Dieciséis Años, Delgados y Desnudos, con Gargantillas de Pinchos en el Cuello, Pero con unos Pinchos superlargos, de Forma que los chavales no pueden ni abrazarse, ni chuparse, ni besarse entre ellos. En un Salón Gigantesco con las Paredes de Oro y en medio un Perrito de Bronce Gigantesco de Metal Rosa de estos que tienen la Forma de un Globo de Gas Retorcido. Algo exquisito y superbonito. Y divanes de Color verde.

Las curvas del perrito de Bronce gigantesco
Competían con las rectas de las sombras de los muchachos.
Los Franciscos prisioneros eran esbeltos y delgados
Y llevaban al cuello púas de poder homicida.

El deseo era como una pulsión de protervia para los cisnes,
Para aquellos gallos hermosísimos que se mostraban desnudos
Sin poder comerse, hambrientos y locos,
Con la apetencia de la belleza en los ojos y en los labios.

Lobos que se protegían los cuellos con aceros.

El colosal perrito salchicha, encanto de niños chiquitines,
Estaba allí contemplando el martirio de los chavales,
Lo suficientemente procaces para reírse de aquel muñeco de bronce
Que los miraba en el suplicio del amor no correspondido.

Tenían los muchachos ponientes sevillanos en los ojos,
Tetillas sonrosadas y labios como cerezas, y el músculo fuerte
Y las nalgas redondas, sandías partidas, y los penes como cuchillos.

Pero alrededor de los cuellos tenían los pinchos de los cactus,
Irascible manera de decir, voy a asesinarte si te amo.

Como el perrito era de Bronce rosa no explotaba con aquellas púas.

Por los demás todo brillaba como un ascua de oro salvaje.

Sobre los divanes esmeraldas los muchachos parecían Dragones.

Rosas con espinas. Puercoespines de Gloria.

Los pinchos impedían que se entregaran al Mal.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
Poeta

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AlienXenobionte
Publicado: 19/11/2013 9:39
Incondicional
Unido: 28-6-2011
Comentarios: 796
 Re: Arcángel y Ortiga II.

Xcrit.

Bajo la Luz de ese sol en Xcrit todo es azul. La radiación se abre paso, una radiación ultravioleta tan intensa que el día es azul, un azul violento y rabioso, que da cuchilladas frenéticas y daña la piel, la quema en pocos segundos, como si de agua hirviendo se tratase. Bajo esa pantalla de frenesí luminoso las cosas tienen la tonalidad y el matiz fantasmagórico de lo sumergido en una discoteca. No hay vegetales ni animales allí. Tan solo un desierto de arena azul cubierto de algas y musgos, proyecciones detríticas de arroyos secos, y, en la estación lluviosa, torrenteras bestiales. El traje protector brilla blanquísimo como un ascua fluorescente, un rabioso pulso de piano o un toque de diapasón cristalino y brutal sería capaz de acompañar el ascua fragorosamente blanca en que se convierte cada silueta. Somos espectros bellísimos, atletas hermosísimos y ángeles en medio de un bronco almíbar de ultravioleta. Figuras de simio humano, de gorila humano de hombros anchos y brevilínea sublime, apuestas, seductoras como arcángeles. Buscamos los diamantes, fosforecen iracundos en los valles secos, junto a los musgos negros, en las hondonadas azules, despiden llamaradas despiadadas bellísimas, fúlgidas, cegadoras. Ya todo de por si es cegador allí. Brilla , rebrilla, y vuelve a brillar, hasta lo negro, hasta volver negra la visión. Toda esa belleza para nosotros nos importa nada, sólo buscamos la ganancia, somos ambiciosos, y por mor de ambiciosos somos insensibles. Por eso hemos cometido asesinato. Matamos a nuestro capitán, quería sabotearnos el beneficio, había pactado un quince y nos propuso un siete, tenía las llaves de la caja, lo desnudamos en medio del desierto, se quemó vivo en media hora, nos divertimos luego arrastrando su cadáver por el valle, dejó restos de tripas, sangre, piel, y heces. Más adelante descubrimos un filón, en el despeñadero. Había que descender en picado, bajo las poleas, allí estaba la veta madre del diamante, brillaba como un chirrido y un relámpago, precisamente hubo lluvia aquella noche, y se vieron raíces retorcidas en el cielo, carmesí como el vino de un cáliz, granate hasta lo criminal. Hemos hecho una buena minería, nuestros depósitos están repletos de material, la noche esta nos hemos entregado a una bacanal de alcohol en la base, hemos bebido y hemos tomado Lectra, aunténtica Lectra destilada de cactus espinosos, vimos el cielo verde, era tan verde como las pupilas de las huríes, yo hice el amor con una estatua, en mi habitación estaba sensual y oferente, la poseí con vigor, luego la estrangulé, tire su cuerpo al desierto, como un trapo sucio. No me arrepiento de nada, la hubiese estrangulado siete veces más. En mi corazón hay un tigre, en mi cerebro una montaña de estiércol, una mona huesuda que agarra una quijada de asno, una mosca, un tábano de las selvas, avieso y lascivo, feroz, desaprensivo, podrido, y mi cabeza es una tumba llena de esqueletos, su tuétano es la sangre que me corre por las venas, me alimento de esa porquería como los ángeles y los dioses de la ambrosía celeste. No me arrepiento de nada. Sé que tengo preparado el patíbulo en Ondice quinto, y me río. Sé que han proscrito mi nombre y que ofrecen por mi cabeza cien mil sestremas, y yo me recochineo en el aviso. Sé que los sacerdotes me ponen de ejemplo. Y yo comulgo con Satán en Xcrit, mi fortuna es capaz de comprar la salvación.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero.