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Al que ingrato me deja, busco amante; al que amante me sigue, dejo ingrata; constante adoro a quien mi amor maltrata; maltrato a quien mi amor busca constante.
Al que trato de amor, hallo diamante y soy diamante al que de amor me trata; triunfante quiero ver al que me mata y mato a quien me quiere ver triunfante.
Si a éste pago, padece mi deseo; si ruego a aquél, mi pundonor enojo: de entrambos modos infeliz me veo.
Pero yo por mejor partido escojo de quien no quiero, ser violento empleo, que de quien no me quiere, vil despojo.
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Poeta
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Éste que ves, engaño colorido, que, del arte ostentando los primores, con falsos silogismos de colores es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido excusar de los años los horrores, y venciendo del tiempo los rigores triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado, es una flor al viento delicada, es un resguardo inútil para el hado:
es una necia diligencia errada, es un afán caduco y, bien mirado, es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
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Poeta
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Yo no puedo tenerte ni dejarte, ni sé por qué al dejarte o al tenerte, se encuentra un no sé qué para quererte, y muchos sí sé qué para olvidarte.
Pues ni quieres dejarte ni enmendarte, yo templaré mi corazón de suerte que la mitad se incline a aborrecerte, aunque la otra mitad se incline a amarte;
si ello es fuerza querernos, haya modo, que es morir el estar siempre riñendo: no se hable más en celo ni en sospecha.
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Poeta
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En una noche oscura, con ansias en amores inflamada, (¡oh dichosa ventura!) salí sin ser notada, estando ya mi casa sosegada. 5
A oscuras y segura, por la secreta escala disfrazada, (¡oh dichosa ventura!) a oscuras y en celada, estando ya mi casa sosegada.
En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía, ni yo miraba cosa, sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía.
Aquesta me guiava más cierta que la luz del mediodía, adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche que me guiaste!, ¡oh noche amable más que el alborada!, ¡oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!
En mi pecho florido, que entero para él solo se guardaba, allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba.
El aire de la almena, cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena en mi cuello hería, y todos mis sentidos suspendía.
Quedéme y olvidéme, el rostro recliné sobre el amado, cesó todo, y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado.
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Poeta
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Miró Celia una rosa que en el prado ostentaba feliz la pompa vana y con afeites de carmín y grana bañaba alegre el rostro delicado;
y dijo: “Goza, sin temor del Hado, el curso breve de tu edad lozana, pues no podrá la muerte de mañana quitarte lo que hubieres hoy gozado;
y aunque llega la muerte presurosa y tu fragante vida se te aleja, no sientas el morir tan bella y moza:
mira que la experiencia te aconseja que es fortuna morirte siendo hermosa y no ver el ultraje de ser vieja.”
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Poeta
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Afuera, afuera, ansias mías; no el respeto os embarace: que es lisonja de la pena perder el miedo a los males. Salgan signos a la boca de lo que el corazón arde, que nadie, nadie creerá el incendio si el humo no da señales. El que su cuidado estima, sus sentimientos no calle; que no es muy valiente el preso que no quebranta la cárcel. Afuera, afuera ansias mías; no el respeto os embarace: que nadie, nadie creerá el incendio si el humo no da señales. Salgan signos a la boca de lo que el corazón arde, que no es muy valiente el preso que no quebranta la cárcel.
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Poeta
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Señora, si la belleza Que en vos llego a contemplar Es bastante a conquistar La más inculta dureza,
¿Por qué hacéis que el sacrificio Que debo a vuestra luz pura Debiéndose a la hermosura Se atribuya al beneficio?
Cuando es bien que glorias cante, De ser vos, quien me ha rendido, ¿Queréis que lo agradecido Se equivoque con lo amante?
Vuestro favor me condena A otra especie de desdicha, Pues me quitáis con la dicha El mérito de la pena.
Si no es que dais a entender Que favor tan singular, Aunque se puede lograr, No se puede merecer.
Con razón, pues la hermosura Aun llegada a poseerse, Si llega a merecerse, Dejara de ser ventura.
Que estar un digno cuidado Con razón correspondido, Es premio de lo servido, Y no dicha de lo amado.
Que dicha se ha de llamar Sólo la que, a mi entender, Ni se puede merecer, Ni se pretende alcanzar.
Ya que este favor excede Tanto a todos, al lograrse, Que no sólo no pagarse, Mas ni agradecer se puede.
Pues desde el dichoso día Que vuestra belleza vi, Tal del todo me rendí, Que no me quedó acción mía.
Con lo cual, señora, muestro, y a decir mi amor se atreve, Que nadie pagaros debe, Que vos honréis lo que es vuestro.
Bien se que es atrevimiento Pero el amor es testigo Que no se lo que me digo Por saber lo que me siento.
Y en fin, perdonad por Dios, Señora, que os hable así, Que si yo estuviera en mí No estuvierais en mí vos.
Sólo quiero suplicaros Que de mí recibáis hoy, No sólo el alma que os doy, Mas la que quisiera daros.
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Poeta
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Amante dulce del alma, bien soberano a que aspiro, tú que sabes las ofensas castigar a beneficios; divino imán en que adoro hoy que tan propicio os miro que me animás a la osadía de poder llamaros mío; hoy, que en unión amorosa, pareció a vuestro cariño, que si no estabais en mí era poco estar conmigo; hoy, que para examinar el afecto con que os sirvo, al corazón en persona habéis entrado vos mismo, pregunto ¿es amor o celos tan cuidadoso escrutinio? que quien lo registra todo da de sospechar indicios. Mas ¡ay, bárbara ignorante, y que de errores he dicho, como si el estorbo humano obstara al lince divino! Para ver los corazones no es menester asistirlos; que para vos son patentes las entrañas del abismo. Con una intuición presente tenéis en vuestro registro, el infinito pasado, hasta el presente finito; luego no necesitabais, para ver el pecho mío, si lo estáis mirando sabio, entrar a mirarlo fino; luego es amor, no celos, lo que en vos miro.
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Poeta
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Divino dueño mío, si al tiempo de partirme tiene mi amante pecho alientos de quejarse, oye mis penas, mira mis males.
Aliéntese el dolor, si puede lamentarse, y a la vista de perderte mi corazón exhale llanto a la tierra, quejas al aire.
Apenas tus favores quisieron coronarme, dichoso más que todos, felices como nadie, cuando los gustos fueron pesares.
Sin duda el ser dichoso es la culpa más grave, pues mi fortuna adversa dispone que la pague con que a mis ojos tus luces falten,
¡Ay, dura ley de ausencia! ¿quién podrá derogarte, si a donde yo no quiero me llevas, sin llevarme, con alma muerta, vivo cadáver?
¿Será de tus favores sólo el corazón cárcel por ser aun el silencio si quiero que los guarde, custodio indigno, sigilo frágil?
Y puesto que me ausento, por el último vale te prometo rendido mi amor y fe constante, siempre quererte, nunca olvidarte.
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Poeta
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Ante tus ojos benditos Las culpas manifestamos, Y las heridas mostramos, Que hicieron nuestros delitos.
Si el mal, que hemos cometido, Viene a ser considerado, Menor es lo tolerado, Mayor es lo merecido.
La conciencia nos condena, No hallando en ella disculpa, Que respecto de la culpa, Es muy liviana la pena.
Del pecado el duro azar Sentimos, que padecemos Y nunca enmendar queremos La costumbre de pecar.
Cuando en tus azotes suda Sangre la naturaleza, Se rinde nuestra flaqueza, Y la maldad no se muda.
Cuando el pecado mancilla La mente con fiera herida, Padece el alma afligida, Y la cerviz no se humilla.
La vida suelta la rienda En su acostumbrado error, Suspira por el dolor, Y en el obrar no se enmienda.
Puestos entre dos extremos, En cualquiera peligramos; Si esperas, no la enmendamos; Si te vengas, nos perdemos.
De la aflicción el quebranto Nos obliga a la contricción Y en pasando la aflicción, Se olvida también el llanto.
Cuando tu castigo empieza Promete el temor humano; Y en suspendiendo la mano, No se cumple la promesa.
Cuando nos hieres, clamamos Que el perdón nos des, que puedes, Y así que nos lo concedes. Otra vez te provocamos.
Tienes a la humana gente Convicta en su confesión, Que si no le das perdón, la acabarás justamente.
Concede al humilde ruego Sin mérito a quien criaste, Tú que de nada formas A quien te rogará luego.
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Poeta
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