Prosas poéticas :  El Asesino de la Armónica de Oro.
El Asesino de la Armónica de Oro.

El Asesino de la Armónica de oro iba andando por la calle como si fuera un copón de incienso sostenido por un monaguillo, desprendía su aroma de lirios y fresas bajo un sol de oro y topacios. De la armónica surgían mariposas verdes y colibríes violetas y toda la calle era un inmenso acuario de peces naranjas. Iba en su música, con gusto a mazapanes de sidra y olor a alberca de cortijo, un toro negro como la noche, de ojos tan azules como un cielo iracundo, y cuernos tan blancos y peligrosos como la acrilamida. Y al lado del toro, feroz bestia que parecía de mentirijillas, iba un chavalillo torero de quince años, bello como el esfuerzo de una rosa en la nieve. Desaparecían para dejar mil mariposas verdes y diez mil colibríes violetas, y un olor a inciensos sublimes, recién quemados en un incensario de plata. La calle era un inmenso acuario de peces naranjas. La plazoleta se abría de par en par como una inmensa ventana, y por ella entraba la música como una gran antorcha en una cueva de diamantes. Era la plaza una gran ballena de oro, varada en la playa, penosamente agonizante, pero el esplendor del sonido la devolvía de nuevo al mar, y una gran medusa escarlata se quedaba en la orilla proclamando su venenosa malignidad bellísima. El sol brillaba en lo alto como la promesa de un beso, y en medio de la plaza, la fuente, manaba un agua tan pura como un crisantemo amarillo. Había en la fuente quince monedas de oro, brillando al sol, tan relucientes que daban de si mismos pinchazos dolorosos, y una bailarina en el Gran Moulin Rouge se torcía el tobillo en un esguince azulísimo, las monedas las acababa de arrojar un chiquillo de siete años, que no existía, y un anciano de noventa, con los cabellos de ceniza, que tampoco existía. La armónica de oro sonaba a perfume de lilas, y tres jorobados cruzaban su melodía aterrorizados por un cisne de fuego. Serpentinas rosas había en aquella armónica, y jades tan furiosos que mordían como los escorpiones, y sobre todo había tanta ázucar como en un turrón de guirlache. Los colibríes violetas se estremecían en sus notas libando de flores azules, tan azules como el mediodía en Florencia, e iban flotando junto a un cisne de fuego que ardía sin consumirse tan dorado y carmesí como una rosa. Cien mil espejos reflejaron la plaza, que era un inmenso acuario, lleno de peces naranjas, y todo brillaba como la pupila verde de una Hurí. Qué extraño caballo jerezano verde cruzaba violentamente un puente de turquesas, con las crines de fuego amarillas y los ojos rojos como los de los vampiros, y qué extraño tigre sin rayas daba zarpazos morados a una gacela rosa, de donde surgía la música?, de un fondo de oro y piedras preciosas, de ámbares con hormigas, tan naranjas y tan ambarinos, como un palacio bajo el mar. Y las rosas exhalaban hacia el cielo su alma de esclavas en Babilonia. Al verme el músico pasar calló su armónica porque yo no sabía torear y no me merecía la gloria de los gladiolos, y la calle y la plaza quedaron en silencio, como el cadáver de un anciano. Era tan bonita la música como un paseo entre los lirios, pero el dueño de la armónica, al verme, como yo no sabía torear, dejó de tocarla. Y solo recuerdo que era una música tan densa como la miel, tan perfumada, como una rosa, y tan hermosa como un cisne de fuego. En el silencio del mediodía la Tumba de los faraones tenía una momia tan fea como un asesinato. Y empezaron a sonar las campanas de San Gil, de una manera dulce y amarga, limpia y rencorosa, melosa y estridente, y en cada campana había un hipopótamo recién nacido y un cocodrilo rabioso. Yo solo quería ver un chavalito negro.

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Francisco Antonio Ruiz Caballero.
Poeta

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