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Injusto ha sido, es y será, el tormento sufrido por la humanidad, según su creencia, por designio de su destino; más que indulgente, de pocas pulgas.
Por ejemplo: injusto es nacer enfermo a una vida “única e irreemplazable” o injusto es nacer uno sano y rozagante, y ya creyéndose invulnerable y hasta eterno, un día sangrar por la nariz.
Por tanto, en afán de emular tal impuesto destino, algunos se han esmerado en fabricarnos otro; pero más afinado, más adecuado a nuestro injusto proceder humano. Y la mayoría de nosotros, como posesión en parte ‘dominable’, lo aceptamos encantados.
¡Qué destino ni destino celestial! Nosotros hacemos nuestro destino y mejor: ¡avaro, materialista, feroz, brutal, criminal, irracional!
Injusto destino de actos perversos; como golpear a la vejez en cuerpo, derecho y dignidad, violar niños en mitad de su alegría, corromper la virtuosa decencia de los únicos seres que nos puedan auxiliar, (ángeles incluidos) y que por suerte son mayoría. Gente de bien, pero demasiado escrupulosa y sin la maléfica disposición de los cultores del injusto destino.
Tan injusto destino nos hemos procurado, que yo, a riesgo de ser discriminado por subversivo social, (cosa que no soy, pero igual, la injusticia no perdona) siento ganas de gritar: ‘¡Basta! ¡Paremos por favor! Sin creer en dios, leamos la Biblia, al menos como manual de prevención de nuestra segura hecatombe’.
Pero, ¿qué podemos esperar de quienes inventaron y los que consentimos la injusta crucifixión? Sólo nos queda seguir defraudando las buenas intenciones del amor y dejarnos de llorar infortunios.
¡Injusto, injusto y merecido destino! ¡Bien hecho!
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